
La visita de Ariadna Montiel a Puebla provocó todo tipo de interpretaciones.
Unos pensaron que venía a ponerle fecha de caducidad a Olga Romero. Otros, que llegaría a repartir bendiciones entre los aspirantes al poder. Algunos más aseguran que vino a recordarles a los coordinadores territoriales que su trabajo no alcanza y que todo lo presumido hasta ahora ha servido de muy poco.
Probablemente hubo un poco de todo, aunque expresado en los buenos términos que exige la política interna.
Ariadna reunió a los COTS, revisó la estructura territorial, pidió reforzar la organización y dejó un nuevo coordinador regional encargado de vigilar el trabajo partidista. Después concedió la cortesía política al gobernador Alejandro Armenta y a integrantes de su gabinete.
¿Y Olga?
También apareció. Pero una cosa es estar presente y otra muy distinta conducir la reunión.
La dirigente estatal fue llevada al evento, para ocupar un espacio, completar la fotografía y mantener las formas. La operación, las instrucciones, las evaluaciones y el mensaje político llegaron desde la dirigencia nacional.
Y la línea fue sencilla: las decisiones importantes se toman en México, así que nadie debería acelerarse ni repartir candidaturas que todavía no le pertenecen.
Ese mensaje golpea directamente a quienes llevan meses vendiendo supuestas bendiciones, candidaturas amarradas y respaldos inexistentes. Pero también exhibe el tamaño real de Olga Romero dentro de Morena: está en la fotografía, aunque cada vez participa menos en las decisiones.
Su permanencia se ha complicado no por los extraordinarios resultados que haya entregado, sino por la cantidad de intereses internos que se mueven alrededor de su salida. Porque trabajo territorial, crecimiento partidista y conducción política son precisamente las asignaturas que dejó abandonadas.
Olga recibió al partido más fuerte del país y logró convertirlo en Puebla en un espacio de incertidumbre, vacío de autoridad y disputas internas. Mientras ella concentró sus esfuerzos en Tehuacán, en su familia y en su proyecto personal, la dirigencia estatal quedó como tierra de nadie.
Y ese vacío no es menor.
Impide que el gobernador, como principal referente político de Morena en el estado, tenga una estructura partidista ordenada, funcional y alineada con el proyecto que encabeza. En lugar de una dirigencia que acompañe, organice y construya, tiene un membrete sin operación y una presidenta que sirve más para la fotografía que para resolver problemas.
Ariadna Montiel no necesitó correr públicamente a Olga para desautorizarla.
Le bastó con llegar, reunir directamente a la estructura, revisar el trabajo, nombrar supervisión y dejar claro quién conduce realmente.
Olga estuvo ahí.
Como siempre: presente en la foto, ausente en el mando.
